Características Sociales y Económicas
de los Muiscas
Entre los muiscas existía una clara diferenciación
de clases; en la cima se encontraba el Zipa,
señor de Bogotá y descendiente de la luna y el Zaque,
señor de Tunja, descendiente del sol. Después de
la nobleza que ocupaba cargos en el gobierno, estaban los sacerdotes
o jeques encargados de la comunicación con los dioses;
seguían los guerreros, defensores del territorio; después
estaba el pueblo tributante, quienes hacían el trabajo
agrícola, minero y artesanal; y finalmente estaban los
esclavos, generalmente prisioneros de guerra, que servían
a veces de víctimas en los sacrificios religiosos.
Para los muiscas, la luz y el agua representaban
el principio de la vida. Las lagunas eran santuarios naturales
en donde rendían culto a los dioses y les ofrecían
rogativas. Rojas plantea que la mitificación del agua se
puede deber a que dado que los muiscas eran un pueblo esencialmente
agrícola, su sustento dependía de la lluvia y el
riego. Esto explicaría su culto al sol y a la luna. Cuando
faltaba la lluvia, ofrecían sacrificios a Xué (o
Zué) para apaciguar su ira. Chía, la luna, guiaba
las siembras con sus fases.
A diferencia de otros grupos precolombinos, entre
los muiscas, los hombres y las mujeres encarnaban las fuerzas
supremas y solo ocasionalmente intervenía un animal: las
culebras representaban la muerte, los pájaros eran portadores
de luz y las ranas eran estimadas por su relación con el
agua.
En el territorio del norte, en donde regía
el Zaque, se creía que los primeros hombres fueron hechos
de barro (a semejanza de la mitología judaica) y las mujeres,
de hierbas.
Su religión era politeísta y contaban
con dioses protectores que estaban en la mayor parte de los actos
de su vida. Dentro de su mitología figuran personajes masculinos
que representaban la fuerza, el poder y la sabiduría y
personajes femeninos que representaban la fertilidad y la continuidad
de la vida, pero también la lascivia y tentación:
Chía, deidad femenina, era llamada Huitaca por su inclinación
a la vida disipada; fue ella quien les enseñó las
costumbres insanas.
Algunos dioses eran etéreos mientras que
otros tenían figura de hombres; solo uno, Mencatacoa (o
Fo), el dios de la chicha, de los pintores, de los constructores
y de los tejedores, se representaba con figura de oso o zorro.
Entre sus dioses estaban:
- Bachué, la diosa de los muiscas y de las legumbres
- Cuchaviva (o Suchaviva), el arco iris, protegía a las
mujeres durante el parto y era el protector de la salud.
- Chiminichagua era el ser supremo y la fuerza creadora.
Tenían templos en donde veneraban a sus dioses, representados
en figuras de cera, oro, cerámica o hilo. El templo más
conocido por sus dimensiones fue el de Sogamoso, el cual dicen
estaba íntegramente alfombrado en fino esparto. Fue incendiado
durante una de las incursiones de saqueo de los españoles.
Las ofrendas se depositaban en figuras huecas
de cerámica y eran los sacerdotes o jeques los que realizaban
los ofrecimientos después de elaboradas ceremonias.
El jeque además de sacerdote, era curandero, labor que
realizan con diversas yerbas acompañadas de invocaciones
a sus dioses. Su cargo era heredado por los sobrinos, hijos de
la hermana. El aspirante al cargo era sometido desde niño
a drásticos ayunos y penitencias; le enseñaban la
mitología y los ritos y prácticas para realizar
las curaciones. Parece que llegaron a practicar complicadas cirugías
en el cerebro, con resultados positivos.
Realizaron sacrificios esporádicos como
el de los Moxas (Mojas), adolescentes ofrecidos al sol para aplicar
su ira, durante las sequías. También tenían
costumbre de inmolar niñas en los postes de las construcciones
de jeques y caciques.
La organización social muisca se basaba
en clanes, en donde estaba prohibido el matrimonio debido a la
cercanía de parentesco.
Eran polígamos: la primera mujer era la
principal y podía reprender a su marido. Las demás
tenían categoría de concubinas.
Los hombres tenían derechos casi ilimitados
sobre sus mujeres: podían darlas como obsequio, las enterraban
vivas para acompañarlo durante la muerte y eran una de
las principales fuentes de trabajo. En la mujer, la infidelidad
era castigada con la muerte y en el hombre con una sanción
más o menos leve, a menos que el ofendido fuera un personaje
principal, en cuyo caso ambos culpables eran ajusticiados.
El matrimonio era un trueque que se realizaba
entre el novio y los padres de la joven; se la cambiaba por mantas,
cargas de coca y chicha o por venados. Las vírgenes eran
rechazadas por el esposo, lo que implica que era permitida y necesaria
la libertad sexual entre los jóvenes.
Era importante para los muiscas el paso de la
niñez a la pubertad: las niñas eran recluidas en
una casa especial y luego culminaban la ceremonia con un baño
del río; los hombres celebraban una gran fiesta con chicha.
La música acompañaba todos los
sucesos de sus vidas, incluso la guerra.
Para los muiscas, el rojo era señal de
luto y muerte, de ahí que las vasijas funerarias estuvieran
pintadas de este color.
La sal y las esmeraldas ocuparon el primer renglón
en la minería muisca.
La explotación de las esmeraldas la realizaban
solo en época de lluvias, explotando las minas de Somondoco,
ya que las de Muzo, estaban ocupadas por tribus belicosas. Para
los muiscas, las esmeraldas tenían un significado mítico:
Según la leyenda, el primer zaque, Goranchacha, salió
de una esmeralda que gestó y alumbró una joven de
Guachetá por intermedio de un rayo de sol. Las esmeraldas
eran colocadas en los ojos, la boca, las orejas y el ombligo de
los personajes importantes cuando morían.
Para la explotación de sal hacían
largas y angostas galerías y luego extraían los
terrores con palos puntiagudos (coas). Para refinarla, utilizaban
como técnica, la evaporación.
Los españoles fueron recibidos con miedo
por los indígenas, quienes pensaron que eran enviados del
sol y la luna para castigarlos por sus pecados.
Del mismo modo, muchas de las innovaciones de
los españoles fueron aceptadas. La lana de oveja sustituyó
casi totalmente al algodón. La ganadería vacuna,
caballar, porcina y las aves de corral tuvieron igual aceptación.
Los bueyes y la yunta española aligeraron las labores agrícolas,
para las cuales solo se contaba con la fuerza del hombre y el
palo plantador o coa.